Dormir en el desierto de Merzouga

Mientras preparaba mi viaje a Marruecos tenía clara una cosa, quería dormir en el desierto, vivir esa experiencia en un campamento bereber y ver con mis propios ojos ese manto de estrellas tan famoso, inundar mi retina de vistas increíbles que luego se transformarían en recuerdos, que ahora te cuento con una sonrisa mientras escribo.

Para esta experiencia elegí el desierto de Merzouga, ya que es el más cercano a Marrakech, aunque fueron unas 7 horas en todo terreno, valió mucho la pena. Aunque se trata de un desierto más bien rocoso, no pierde para nada el encanto.

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Llegamos a la entrada del desierto y nuestro queridísimo guía-conductor nos dió dos opciones para llegar al campamento. Una es en dromedario, unos 40 minutos por la arena, y la otra opción es adentrarnos con el 4×4. Cualquiera de las dos son válidas, en vehículo son 5 minutos. Aunque si te decides por la primera, revisa bien las condiciones en las que están los animales, si llevan bozal, si se resisten a obedecer al guía, etc.

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Nada más llegar nos recibe un chico, con su vestimenta bereber, se le ve la piel castigada, pero con un brillo en los ojos especial, su nombre es Omar, y es un bereber de verdad, que toda su vida vivió en el desierto, alguna vez fué a alguna ciudad cercana, pero su sitio en este mundo es entre las dunas y ahora disfruta enseñando su cultura a los visitantes como nosotros.

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Omar, 28 años, bereber, persona feliz

Nunca imaginé que se podía decir “welcome” tantas veces, su deseo de que nos sintiéramos agusto en su “casa” era tan grande que no paraba de darnos la bienvenida, en un tono de voz muy adecuado, muy bajo y elegante, que ya nada más oírlo te transmitía una paz inmensa. Su manera de caminar, sus formas, sus modales, eran de una persona que jamás en su vida se había estresado en la ciudad, ni con horarios, ni con jefes y mucho menos por la sociedad consumista. No lo voy a negar, envidiaba su forma de vida, aunque vivir en el desierto no es fácil, no hay muchas comodidades, pero está fuera del mundo moderno que a nosotros nos mata. Es por esto, que poder descubrir lugares así hace que nos desconectemos, un rato aunque sea, de nuestra realidad para poder volver a conectarnos más frescos y menos quemados.

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El campamento está compuesto por 10 jaimas de 3 camas cada una, para un total de 30 personas, una mega-jaima que hace la función de salón comedor y todo alrededor de una zona de descanso con sofás, hoguera y mucha mucha arena, más alejado teníamos la cocina, los baños y las duchas, y finalmente, muy discretamente, una jaima donde duermen los bereberes que trabajan allí. Todo esto lo teníamos para nosotros solos. Un campamento que seguramente se hace pequeño en temporadas altas por la gran demanda que hay, pero como fuimos en temporada super baja (febrero) fue un lujo poder estar solos.

Este lujo nos permitió relacionarnos y conocer más a fondo a esta gente.

Después de una cálida bienvenida nos dieron un delicioso té de menta Marroquí para empezar a disfrutar de la atmósfera de relajación a medida que iba cayendo el sol. Yo al menos estaba flipando, empezaban a brillar las estrellas y no pude evitar tumbarme en el suelo y disfrutar de los cosmos. Más tarde nos llamaron para cenar, y al entrar al “comedor” teníamos la mesa preparada, y era ¡enorme!

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Toda la comida estaba deliciosa, muy casero, preparado con cariño, se notaba. Nos dieron una botella de vino de la región, que la verdad no estaba nada mal.

Nosotros desde España llevamos vino, Baileys y vodka, que nada más acabar de cenar fuimos al “patio” del medio. Los chicos encendieron la hoguera, sacaron los tambores, y entre todos empezamos a hacer “botellón”. Hasta altas horas de la madrugada estuvimos todos bebiendo, cantando y compartiendo un momento mágico. Aunque os sorprenda, ellos también beben, y ¡mucho!

Jamás pensé vivir un momento así en el desierto de un país musulmán, y la verdad, que todo fue de maravillas.

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Nos acostamos a las 2 de la mañana aproximadamente. Hacía frío, mucho frío, y con toda la ropa de abrigo y muchas mantas nos pusimos a dormir, el día había sido largo y excitante.

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El despertador suena a las 06:30, nada más oírlo salté corriendo de la cama para abrir la puerta, el sol empezaba a aparecer. Me vestí y salí a despertar a los demás. Por nada del mundo me quería perder un amanecer ahí, y fue magnífico, mi momento de paz sentada encima de una duna, ansiosa por ver el sol brillar para que marque el inicio de un nuevo día.

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Ellos nos veía a lo lejos discretamente, y con sigilo prepararon uno de los desayunos más abundantes de mi vida, diría que tardamos más de una hora en desayunar.

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Y después de esta comilona matutina, haríamos la digestión en el 4×4, un nuevo día de visitas empezaba.

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Si volviera otra vez, cosa que seguramente haré, yo creo que le dedicaría 2 noches al desierto, la verdad que esta gran experiencia se me hizo corta, pero lo justo para poder disfrutarla y poder recomendarla a todo el mundo como primera toma de contacto.

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Sin lugar a dudas, el desierto tiene ese “nosequé” que conquista, y a mí me conquistó.

 

Si quieres información de mi guía-chófer, ya que fue él quien nos organizó todas estas experiencias inolvidables, no dudes en escribirme, y encantada te paso su contacto. También puedes seguir mis viajes y vida diaria en Instagram. ¡así no te pierdes de nada!

 

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